De descuentos a clientes y precios de amigo

¡Qué coincidencias tiene la vida! ¿Nunca os ha ocurrido que después de escuchar algo o que salga en una conversación esa misma situación la viváis en primera persona? A mí me ha ocurrido hace no mucho…

Hace unos días estuve en el estudio de Riverfe donde, Pilar, la artista, además de mostrarme sus últimos proyectos, compartió conmigo experiencias y anécdotas de trabajo en casa, bueno, en su caso, del bonito estudio con vistas al jardín en el que pinta.

En algún momento empezamos a hablar de descuentos a clientes y de precios especiales, del precio que se hace a un conocido o de situaciones en las que alguien a quien se conoce actúa como intermediario del cliente final. No sé cómo ni por qué, pero terminamos hablando de lo difícil que es poner precios de amigo, de esas ocasiones en las que alguien muy cercano, como un familiar o un amigo, acude a nosotros porque necesita o quiere comprar algo o contratar los servicios de un trabajador por cuenta propia.

Ambas estábamos de acuerdo en que es complicado poner un precio a servicios, proyectos o trabajos propios cuando el cliente es alguien que ha estado cerca en momentos difíciles, con quien se han compartido momentos especiales, con quien se ha reído o se ha llorado…

Es especialmente difícil porque:

  • no quieres que se sienta culpable por las molestias que cree que va a ocasionar;
  • tampoco quieres sentirte culpable tú por no haber tenido una consideración especial por alguien que es tan importante en tu vida.

El tema dio bastante de sí, aunque se podría resumir en que no es fácil aplicar un precio normal cuando entra en juego lo personal.

Cuándo aplicar descuentos, precios especiales y precio de amigo

He de confesar que, en aquel momento, yo solo podía dar mi opinión desde la suposición y planteándolo como: “Si alguna vez tengo que poner un precio de amigo…”

He llevado proyectos de gente conocida, para personas no tan cercanas como para considerar un descuentos porque sí, y/o proyectos para empresas en las que trabaja gente que conozco. Así que ahí nunca ha habido conflicto: el precio es el que es.

Además, ya he dicho en alguna ocasión que soy poco amiga de hacer descuentos o precios especiales. Al menos, al principio. Con el tiempo, se establece una relación cordial con empresas y clientes que hace que considere tener un detalle con ellos en forma de descuento o de precio especial en ocasiones muy concretas, por ejemplo:

  • Como agradecimiento al finalizar una relación profesional

No siempre dejar de trabajar con ese cliente significa que las cosas hayan ido mal o que haya sido una mala relación. Hay veces en las que simplemente llega un momento en el que ya no es posible seguir trabajado por falta de proyectos por parte del cliente, por falta de tiempo por falta del freelancer, o por otros motivos.

Siendo así alguna vez he aplicado un descuento en eal último proyecto, una especie de detalle de despedida. También es cierto que algunas empresas han tenido detalles conmigo en estas mismas circunstancias.

  • Situaciones de emergencia

Nadie está exento de sufrir una situación personal o empresarial difícil. Algunos clientes y empresas con los que trabajo han pasado por este tipo de situaciones, a veces con pérdidas económicas importantes y otras, simplemente, con las pérdidas correspondientes a un parón temporal.

En estos casos, puede que un proyecto haya quedado a medias o se haya tenido que posponer su realización. Por mi parte, según la información que tenga y las circunstancias, valoro realizar algún tipo ajuste en el precio.

  • Grandes proyectos para empresas habituales

Cuando una empresa nueva llega, siempre doy mis tarifas normales. Si gustan, bien, si no, también. Pero hay ocasiones en las que empresas, sobre todo agencias, que gestionan carteras de clientes y que saben bien cuáles son mis tarifas, me solicitan hacer un pequeño descuento para conseguir un cliente importante.

No siempre lo acepto, aunque puedo considerarlo sí

  1. El proyecto tiene una facturación muy importante
  2. Las condiciones de pago son excepcionalmente buenas
  3. Se establecerá una relación de continuidad con esa empresa con grandes volúmenes de trabajo
  4. Existen beneficios concretos, interesantes y/o atractivos por trabajar con esa empresa.

Así que, no los descuentos no forman parte de mi forma de trabajar, aunque cada caso es particular, y siempre puedo hacer una excepción si lo considero adecuado.

El precio te lo voy a decir yo

Parece que no me va mal: fijo las tarifas que quiero, los clientes las aceptan, o no, y los descuentos me los reservo para ocasiones especiales. Y, bueno, no me puedo quejar, en general, aunque, como me gusta contar toda la verdad, no puedo dejar de hablar de situaciones que no fueron tan ideales.

  • El precio te lo digo yo

En una ocasión unos conocidos me llamaron para indicarme que tenían un proyecto para mí y que, si estaba interesada, contara con él. Como una inocente les dije que me enviaran toda la documentación, que lo evaluaría y que les daría un presupuesto. Vamos, lo normal. Pues no.

“El precio lo pongo yo”. Y recuerdo que aquellas palabras me sentaron muy mal, porque era una falta de respeto hacia mi trabajo y porque además me sonó como si me estuvieran haciendo un favor ellos a mí. Y recuerdo que me sentó peor cuando supe cuando querían pagar.

Así que, gracias, pero yo no trabajo gratis ni hago descuentos “porque sí”.

  • Hemos estado mirando y los profesionales nos piden mucho

En otra ocasión me llamó una conocida para que ayudara a unos conocidos suyos, o sea una intermediación. Según ellos, habían estado mirando y buscando, y “los profesionales” pedían mucho. Intenté no enfadarme porque consideraran que, al trabajar desde casa, yo no era profesional, e indique que me dejaran echar un vistazo y calcular un presupuesto.

Por supuesto, aquí no había ningún tipo de relación, así que no tenía ninguna intención de hacer descuentos.

Mi presupuesto no les hizo ninguna gracia, porque descubrieron que no es que “los profesionales” pidieran mucho, es que hay muy poca consideración por el esfuerzo, el tiempo, los recursos y todo lo que se necesita para realizar un trabajo, y se da mucha importancia a la calidad, pero cuesta mucho pagar su valor económico. En ese caso tuvieron que aceptar mi propuesta porque lo necesitaban y, al final, por unas cosas y por otras, se les estaba echando el tiempo encima.

Al final, la cosa salió bien, y hasta me hicieron un regalo porque, gracias a mí trabajo, su problema se resolvió de forma positiva para ellos.

Precio para un amigo: ¿Cómo voy a cobrar yo por esto?

Empecé diciendo que existen las coincidencias porque poco después  de aquella conversación en el estudio, me llegó un WhatsApp y sí, era de alguien cercano, muy cercano, que solicitaba mi ayuda profesional. Entre los mensajes incluía:

“Tú, ponme el precio normal, ¿eh? Que ya bastante tienes con que te moleste.”

Su presentación inicial del proyecto y que en varias ocasiones repitiera “si no te molesta” “si puedes” “sin agobiarte” y  hicieron que pensara que sí que podía trastocar un poco mis planes, pero bueno, no sería el primer cliente que llega en el último minuto con una urgencia… En cualquier caso, me comprometí a evaluar el proyecto y, a partir de ahí, decidiría qué precio poner, aunque ya tenía claro que se trataba de una de esas ocasiones que justifican poner precios de amigo.

Después de un par de semanas recibí toda la documentación por email y, casi al mismo tiempo, un WhatApp recordándome que confirmara los honorarios en cuanto pudiera.

El peso del adjunto ya me hizo sospechar que muy grande no tenía que ser el proyecto, sin embargo, al abrirlo, pude respirar: ¿Cómo iba a cobrar por eso a alguien tan cercano? Ni precios de amigo, ni descuentos, ni nada. Lo que había que hacer era tan poco que entraba dentro de la categoría de favor personal.

Es que es curioso como, muchas veces, personas que no trabajan con uno valoran mucho más el esfuerzo que supone desarrollar un proyecto, aunque sea uno pequeño. También es cierto que, en este caso, mi “cliente” me ha oído quejarme tantas veces sobre proyectos y trabajos, que lo entiendo. Además, es una habitual del blog y conoce muchas de las historias que aquí cuento, e incluso lo que no cuento, vamos seguro que ahora mismo se está riendo, o ya me ha enviado mensajes de odio eterno por WhatsApp… (¡Hola!).

¿Cómo se pone un precio de amigo?

Sinceramente respiré aliviada cuando vi que lo que tenía que hacer eran tan poco que podía eludir el tema económico y, directamente, considerarlo como un favor personal entre amigas.

No sé si alguna vez me tendré que hacer un presupuesto para alguien cercano, ni sé si sabría cómo hacerlo teniendo en cuenta todo lo que he dicho. Yo soy buena haciendo presupuestos y calculando tarifas, pero no soy tan buena haciendo descuentos de amigo, así que imagino que valoraría cada caso de forma personal y, a lo mejor, ni siquiera hago descuento.

Advertencia a familiares y amigos: ¡Cuidado con el precio de amigo!

En este caso, “mi cliente” insistió en que:

“De alguna forma te tengo que pagar… ¡Que no quiero que hagas un post sobre clientes morosos y me metas en él!”.

Así que con esta entrada he matado dos pájaros de un tiro, por un lado, el agradecimiento a Pilar, y por otro, cobrarme el proyecto realizado con un precio de amigo: la idea para este artículo.